miércoles, 22 de julio de 2009

De una foto

[Octubre 2008]

No es porque es un día soleado, eso siempre me dio igual, sabés, sabés donde duermo. Acá al lado es siempre lo mismo, mientras deshace un pliegue de la sábana con el pie, lo dice. El sol, atravesando filosamente la ventana, o como mil manos bailando, abrazándose, delante de mis parpados. El agua arrastrándose, clamando, sobre la ventana, o haciendo el ruido de mil personas aplaudiendo en un teatro, las gotas. Me está tocando.
Pensé que estaba durmiendo, en las sabanas tensas, mientras giraba en la oscuridad. Pero estoy entrando al mar, esto es cierto.
Apenas estoy abriendo los ojos cuando los pies se hunden en la arena húmeda, un poco fría porque apenas amaneció hace un rato. Hay olor a sal, el sol es debil, brilla entre las piedras con esfuerzo. Pero falta solo; girar apenas el cuello a un costado, la piel se tensa, se tensa, el hombro esta seco, vibra apenas, se estremece si el viento le acaria la piel. Ni hace falta tocarlo, el sol lo hace, desde la premura, agita suavemente las hojas, el calor se curva suavemente.

[alguna vez, en la inmensidad:
Te llena lo pulmones, los cubre de aire, el pecho crece, renovado, te llena la garganta, te hace respirar. Respirar. Respirar. Vomitar aire. Ahora es cuando una distancia por más larga que sea se termina acá. No se pueden cerrar los ojos ante eso, el cielo está donde no se mire y sé]

Me está tocando.

[que las nubes hablan, susurran, se tocan, van deslizándose, están haciendo ruido en un silencio espumoso. Estoy acá y puedo ver todo ese ruido, siento que puedo]
Tocar

Apenas estoy entrando al mar y ya está tocando mis pies. El agua está tibia.
[van deslizándose]
Y ya siento que voy perdiendo partes secas de mí y voy perdiéndome y cada vez estoy más adentro
[escucho el silencio]
Y más adentro [más adentró]
Y parecía que seguía en la cama, que miraba con asco las gotas de lluvia que morían en la ventana, que no me quería levantar y yo estoy en la lluvia, yo soy, caminando en el mar, oyendo las olas, siendo las olas, ahogándome y salvándome a cada momento [momento] y el viento agitaba las hojas en otro lugar, la protesta del viento, mis manos con arena y sal y no es necesario ya mantenerse en pie, solo cuenta dejarse a.







es indecible, emociona lo impalpable que es. En este momento las palabras tienden, se van a acercando, cercando con indulgente maldad, timidamente a armar alguna forma débil, masas sin forma, alguna manera absolutamente enclenque, enferma desde el principio, que cubre de costra rugosa, incorrosible lo que se oía en ese momento. Quizá el ruido de agua, pastosa, ondulando bajo la espalda, castañeando, repiqueteando .Porque se ha puesto a llover y nadie puedo impedirlo- y yo impávida levanté el cuello y recibí de lleno todo esa agua del cielo a mi agua y fue un festival de ruidos acuáticos y mientras reía, la lluvia en mi boca y cuando abría los ojos,


el cielo y su ruido de viento que nadie cree, de llenar pulmones, ruido de ensanchar el pecho. Yo siento que este ruido es lo tangible, este ruido de cielo


[Es lo que puedo tocar]

miércoles, 15 de julio de 2009

Manifiesto de mañana

[Julio de 2007]

No está claro para nadie si fue el olor como a cedro y jazmines chamuscados del sol sobre la madera de las persianas o el ruido de los azahares del patio cuando florecían, pero se levanto a las ocho treinta y siete de la mañana como si efectivamente algo floreciera en ella. O se quemara. Y puso un pie izquierdo en el mosaico frío y después, casi al mismo tiempo, fue pasando poco a poco el peso de la mitad izquierda de su cuerpo, todavía en la cama, hacia el pie apoyado en el piso. A continuación repitió la misma operación con el pie derecho y la respectiva mitad del cuerpo. Sentada en la cama, encorvada, se ordeno el pelo para despejarse la mirada pero apenas veía el brillo del muslo de una de sus piernas y un mechón rebelde que había escapado a la imposición de alojarse detrás de la oreja. Se levanto, la cama se elevo esponjosamente unos milímetros. Tambaleando un poco, pasaba el peso de los talones a las puntas, hasta que consiguió el equilibrio. Eso duro de uno a dos segundos.
Abrió las persianas, estas largaron alaridos como si les doliera dejar pasar el sol por sus partes viejas, roídas por el tiempo, sacudidas por el viento y descoloridas por el sol.
Los rayos se le agolparon sobre los ojos y los tuvo que cerrar como si le picaran.
-
Por esa época tomo la costumbre de agarrarse una mano con la otra y apretárselas hasta que se pusieran blancas, se concentraba en el frenético deshacer entre dedos de sus manos. Vista desde afuera parecía estar haciendo algo o buscando algo entre sus venas o en la carne de sus manos. Visto desde adentro no sabía que tenía que hacer o donde tenía que buscar.
-
Era por su pijama, o por su mechón rebelde sobre su frente pero estaba de pétalos caídos, los ojos los tenía como el ruido de romper una tela. Tenía las manos viejas como papeles amarillos que se habían doblado una veintena de veces sobre si mismo para trabar la puerta de la sala. Ella trababa la puerta de la sala con cada una al lado de su cuerpo prendidas de unos brazos flojos como la brisa que sale de abrir la ventana.
Estaba enojada, yo sé, como ella miraba los azulejos celestes del baño nadie miro a nadie que odiase tanto como ella miraba los azulejos celestes del baño esta es mi forma de estar triste, no ves, que me enojo con un pobre azulejo, porque no tengo razón para estar enojado con el. En el fondo mira esos azulejos con una ausencia que yo no sé si es enojo o no ves que estoy vacía por dentro, que me miro al espejo y no entiendo para que levante la persiana si la hice llorar, para que trabo mis dedos, para que los doblo para trabar la puerta de la sala, si lo que quiero es llorar. Quiero sacar agua de mis ojos para pesar menos, quiero nublarme la vista, quiero que me digas, que me señales, pero me enojo con el pobre azulejo. Lo odio, lo detesto, lo aborrezco. Pero yo en realidad quiero llorar.
-
Mamá decía que cuando nos vemos en el espejo al levantarnos es distinto a mirarse en cualquier otro momento del día. Yo pienso que la ponía triste ser la misma de ayer.
-
Calidez breve, suave, subiendo como un cosquilleo por debajo de la nariz, mezclada con la calidez innata del alivio, de la liviandad, un diminuto temblor del labio inferior, mientras la calidez ya se manifiesta en un color bordó en las mejillas.
La calidez que quema, el labio tiembla, el pecho se hunde por el peso de esa liviandad que alivia y esa primera lagrima que rueda sobre la mejilla para apagar el fuego de estas que se sonrojan, dejando un sendero de seda rosada.
-




Sí, dale, háblame que cuando lloro te escucho lo mismo.

domingo, 10 de agosto de 2008

Si hay, es

[Agosto 2008]

La luz prendida y entré.


La hoja de la puerta, revela la luz.
Hay música
algún compás que no interesa, roto por
los muebles
por el aire liviano
por la funcionalidad que carga
simplemente ambientiza la habitación
(habitaciona el ambiente).
Y está ahí por eso
(por ellos)
La música le da un lugar a lo que está pasando
un espacio
un tiempo.
Si hay música
es.

En alguna parte está escrito que ella entra
cuando la luz está prendida
son dos o tres los latidos fuertes
y después
normal.
Son uno o dos
los pasos
una taza en la mesa
un poco de té frió
(por la taza, lo supe)
la cerámica fría
como se siente el frío
primero un pinchazo
y
luego la afirmación de que es frío
realmente.
Porque a la primera impresión
el frío y el calor
son igual
(dan igual)
de extremos, y agresivos
son directos
y esto y aquello

y como el frío y el calor, son lo mismo a veces.

De esto hablamos al final
y termino siempre acá
Es así, todo el tiempo
se abre la puerta
ella entra, la taza o el té
o estas cosas
es lo que siempre está
acá.

¿Por qué nunca hablo sobre ella?
sobre la luz de la habitación
sobre el calor de la luz en la mejilla que tanto nos gusta
sobre la piel
que se pone tensa
se clarifica con el espasmo de luz
que es débil
pero alcanza
para emocionar
esa piel.
Nunca decimos nada sobre si sus pasos eran seguros
sobre cuanto tardó la suela en apoyarse
cuando dio el primero
sobre si toco el picaporte
o simplemente apartó la puerta
como un obstáculo
si lo de la luz pasó
antes
o después
o al mismo tiempo
y cuán importante son esas simultaneidades.
Y ella.

Nunca decimos nada sobre el buzo roto en la manga
que parece mordido y está sucio
no de algo
(de alguien)
si no de usarlo
y usarlo
y usarlo.
Nunca decimos si le daba asco vestirlo
si lo tiene porque hace frío,
si hace frío
en la taz
en la casa
o en el aire
o sí siente frío
al menos eso.
Porque si hace frió
o el té está frió
No importa, si ella no lo siente.
(si no se siente, no es).

Nunca hablamos de si se puso triste
cuando vio
(tocó)
que el té estaba frío
sobre sí quería tomarlo
Nunca hablamos de eso.




-
Vio la luz prendida, eran las tres y cuarto, entró, un latido, un paso. La manga sucia. Un compás raído, deshecho, fulminado (por ellos). Toma la taza, la cerámica está fría. La pintura roída, el té amarillento. Toma un sorbo.


y llora.

miércoles, 25 de junio de 2008

Danza en luz mayor

[Febrero de 2008]

El vestido era blanco.

Casi al doblar la esquina vio esa gente tan junta frente a la vidriera, venía percibiendo desde antes de verlos que algo poco cotidiano estaba ocurriendo, ya escuchaba los murmullos poco definidos, como cuando pasa un viento muy fino y se alcanzan a escuchar algunas palabras. En realidad no fue eso sólo lo que lo hizo intuir que algo extraño estaba pasando. Antes de doblar la esquina el aire estaba denso, caliente. Las corrientes de palabras parecían adueñarse de todo el espacio, inclusive del aire.

¿Por qué recuerdo primero el vestido? supongo que era lo único que “brillaba” a primera vista. Por ejemplo, había un hombre que parecía estar absolutamente en la penumbra, retorcía un sobrero marrón a cuadros, miraba fijo el vidrio que tenía en frente y retorcía el sombrero más y más. Lo único que le brillaban eran los ojos.
Parece “un decir”, pero era cierto. En realidad estaba reflejando lo que veía. En los ojos de ese hombre se veía una cantidad de brillos y dibujos blancos que no dejaban de moverse.
Era uno entre muchos.
Gente que era una masa de sombras, opacados por lo que miraban.
Opacados literalmente.

Ese aire cargado de murmullos y esa densidad caliente tenía algo de solemne. Lo llamativo en ellos, notó enseguida, era que estaban por la mera coincidencia de su destino, ninguno hablaba más que para sí mismo, ni siquiera se miraban, todas las miradas apuntaban al vidrio que se alzaba frente a ellos.
Él llegó a oír alguna plegaria.

(No la reconocí en seguida, porque sólo había escuchado hablar de ella, pero había un cartel debajo de su pie derecho con su nombre grabado y me resulto familiar)

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, notó que lo que había llamado vulgarmente “vidriera” era algo así como una pecera que alcanzaba hasta medio metro por encima de su cabeza.

Flotaba inanimada detrás del vidrio, su vestido blanco (tenía ese no sé que de que no era de ella, se notaba que se lo habían puesto después, le quedaba muy bien, era hermoso. Pero no era de ella) ondeaba un poco, pero ella flotaba casi inmóvil salvo por un pequeño balanceo hacia los costados. Tenía el mentón apoyado en el pecho y la cabellera de ondas negras flotaba en varias direcciones. Los pies flotaban a unos centímetros del piso de la pecera, blancos, como toda su piel, era pálida de una forma extraña, era casi verde, como de algas, marina, pálida de agua, como una piedra pulida.

Cuando se prendió la primera luz levantó la cabeza y dirigió la mirada al frente.
Esa cara pura, despejada, esa mirada vacía y terrible, de algas, esas sombras rectas de marfil.
Volvió a mirar el cartel que estaba debajo de su pie.
Había muerto esa misma tarde.

Se habían rehusado a enterrarla, a dejar de verla.
El sistema era sencillo, con las luces bastaba.
Cuando se encendió el segundo reflector, comenzó a bailar.
Miraba al frente porque las luces estaban ahí, y danzaba con ellas.
Su danza era triste, mientras flotaba se ondeaba sutil, con toda elegancia. De hacerse ínfima pasaba a desplegarse casi sin fin y destellar luz y su vestido blanco abarcaba casi toda la pecera con una voluptuosidad infernal. Por momentos ella llegaba a estar tapada por ese enjambre de tela blanca, por esos brazos sigilosos que la envolvían con cada movimiento. A veces se quedaba quieta entre esa tela blanca, y de repente una luz le daba de lleno y con un movimiento reaparecía entre todo ese blanco, formando miles de burbujas. Primero sus ojos y después ella.
Juegos de luces y las burbujas, había muchas. Tenía unas chiquitas en las cejas, en el pelo, en todos lados. Su mirada fresca y pasiva no se interrumpía nunca, atravesaba el líquido turquesa, era destructiva, atravesaba el vidrio. Entre las ondas de su pelo negro sentían esa mirada, pinchaba muy agudo en el estomago, un calor que se iba haciendo tibio, todos querían que ella los mire, sin excepción alguna.
(yo sé que me miraba a mí, aunque probablemente todos pensáramos lo mismo. Bastaba con observar nuestras miradas extasiadas).

(Era de noche cuando me dispuse a ir.
Todavía había gente)
Esa masa sin identidad, esas sombras satisfechas de nutrir con su debilidad a aquel esplendido apogeo de luces.

Yo no estaba seguro de que me estuviera mirando a mí, y cuanto más tiempo pasaba, más sentía flotar esa necesidad. Cada vez me sentí menos, más débil.
Ese poder hermoso de hacernos nada.
No puedo precisar cómo me sentía cuando me fui.
El señor que retorcía el sombrero al lado mío ni se inmutó cuando lo hice, de la misma forma que no lo hizo cuando un haz de tela blanca me dejo ver la mirada de ella por primera vez haciéndome llorar.

jueves, 12 de junio de 2008

La nena de Mamá

[Noviembre 2006]

Estaba muerta.
Ya habíamos puesto en claro que no había nada más por hacer.
La mujer había sufrido quemaduras muy severas. Entre las sirenas de la ambulancia y los gritos de desesperación habíamos intentado salvarle la vida.
Pero el fuego le había ocasionado una intoxicación cercana a un envenenamiento y le había deformado la cara y el cuerpo al punto que era completamente irreconocible.
Indicios como la edad y una mancha de nacimiento habían ayudado a confirmar su identidad.
Entrada la noche, llegó su hija.
-
Empecé a buscar después de enterarme del accidente en el aeropuerto, había salido en los diarios y los noticieros. Había miles de heridos y centenares de muertos. Yo estaba segura de que mamá había tomado ese avión y fui a buscar en los hospitales.
Cuando la encontré, ya estaba sin vida.
Me habían conducido por varios pasillos hasta llegar a ella.
Yacía en una camilla, tapada completamente con una etiqueta en su muñeca que revelaba su identidad. Pareció que algunos datos que di sirvieron para determinar que ella era quien era, ya que me aseguraron que no era para nada recomendable que la viera.
Su rostro estaba "destruido" me aseguraron.
-
Ella pidió que la dejáramos un rato a solas con su madre. A mi no me parecía conveniente
Luego de insistir le permitimos entrar en la sala.
Lo primero que hizo fue destaparle la cara.
Su rostro estaba carbonizado y consumido por el fuego.
Habíamos tenido la gentileza de cerrar sus ojos, pero su boca estaba entreabierta, como en un último exhalo de vida y desesperación.
Sus dientes eran increíblemente blancos en contraste con su carbonizado y oscuro rostro. Era terrorífico.
Verdaderamente la imagen era espantosa.
Pero ella no parecía muy perturbada. Con una mirada dura nos ordenó que la dejáramos sola.
-
Me senté en una silla, la miré. Y lloré
-Sabés mamá?, nunca imaginé este momento.
He pasado y padecido con esta mujer toda mi vida. El hecho de que estuviese carbonizada muerta y tiesa sobre una camilla de hospital no me iba sacar mi momento.
Pase casi toda mi vida tratando de convertirme en la hija perfecta, de estar entre sus más grandes logros.
Busqué su opinión siempre, y su critica fue mi fe en la vida.
Busqué la aprobación que siempre necesité.
Me desviví porque mi familia, mi marido, mis hijos, mi carrera, todo, fuesen como ella quería.
Me propuse concretar los proyectos que ella hubiese querido concretar.
Me consumió la vida.
Juro que no me di cuenta que poco a poco me iba pareciendo a ella.
Quise ver en el fondo de todos mis logros, su cara,
con esa sonrisa tan suya, tan sin despegar los labios, esa curva de animal salvaje con ojos entrecerrados que significaban: "buen trabajo, nena".
-Me arruinaste la vida
Intenté por todos los medios que fueses feliz.
Intenté por todos los medios ser tu felicidad.
-Pero, ¿Sabés cuando realmente me preocupe mamá? Cuando me di cuenta que habías hecho bien tu trabajo.
Yo ya era tu nena y ya le había hecho a mi vida los adornos mas indecorosos e irreversibles que hay.
-Pero ya podes irte, no necesito más nada de vos.
Me paré, me acomodé la cartera y me sequé las lágrimas de la cara.
Miré la puerta de la sala y sonreí.
Sabía que después de esa puerta estaban los errores, las presiones, las culpas.
Sabía que estaba la vida ahí afuera.
Pero iba a ser mía y de nadie más.
Besé su frente y crucé la puerta.
-
-Hola, hola?...Señora R., está?...hola?...Mire, soy el Doctor. Sé que no tiene por que estar en su casa si salió hace poco tiempo del hospital. Por otro lado me alegra que tenga contestador telefónico. Magnificas noticias.
Puede considerarse afortunada. Su madre es una mujer muy fuerte.
Increíble, como si su visita le hubiese dado fuerzas.
Hace apenas unos minutos recobró la conciencia.
Felicitaciones

lunes, 26 de mayo de 2008

Una chica, sobre un lago

[Agosto de 2008]

Una vuelta y otra sabana y una pierna sobre otra pierna y qué es ese ruido?
El calor.
La tibieza de las sabanas.
Los ojos tan despiertos, tan sin esa humedad en los ojos que tienen sueño, tan enfocados, tan avisados como tantas otras noches que la insomnia había venido a tocarme el hombro, tan parca, y yo me volvía y ella me decía : "qué es ese ruido que hay en tu cabeza?"
Se tambaleó, cuando me quisé levantar y corrí en busca de esa remera, rápido, porque viene el frío y el frío es como muchas agujas cuando es de noche.
El velador tirado en el piso, siempre en el paso está ese velador, hay que cambiarlo de lugar, hay que, ay, ahí, siempre esos dilemas nocturnos en vez de deberes cuando es de noche, parecen tumores insacrificables, parecen pesadillas. Ay ese velador ahí tirado. Hay.
-
Y la luz nocturna de desmayaba de lleno en mis muslos, en una mitad de mi torso, en mi remera que casi tenía pegada al cuerpo, la luz azul que se filtraba en la casa, parecía irradiada de él mismo, en la mitad de la cara que la recibía , esa luz de lunas suavizaba mis gestos, me hacía más calmo, como todo lo que pertenece a la noche. Menos el frío.
La escalera. Primero la luz. Prendí la luz. Estaba todo oscuro y se ilumina. Ese interruptor (se vuelve a iluminar) que está tan amarillento(oscuro de nuevo) que está sobre una plancha de plástico que pende de un tornillo (iluminado) de un tornillo digo (oscuro) pende como una chica sobre un lago pendiendo de una soga que pende (iluminado) como una mosca pendiendo de una telaraña (oscuro) ese interruptor, lo golpea irritado, que anda tan mal, la luz titilaba. Pende de un tornillo, decía.
Iluminado de nuevo.
-
Bajó un escalón más. La luz seguía relampagueando y ese crack de la madera enmohecida, que gritó no sé sabe bien si de placer o de dolor porque se tornaban tan confusas las sensaciones con ese mirada claroscura y plaf una gota y otra y otra la canilla de la cocina que goteaba y él quería tanto estar en su cama y sufrir tranquilo ese insomnio, ese enrevesamiento de sabanas y esa mirada fija en el techo, pero no, porque no, porque una y la otra y la una, la una y la otra y una y ese compás, esa constancia de las gotas, miralas, tan tenaces y yo sentía que me sonaban adentro de la cabeza, que caía una a una sobre mi cerebro, resbalaban por mis neuronas, inundaban mis sesos, me chorreaba por el craneo, cada gota de esas, y quizá de ahí irradiaba yo toda esa luz azul que creía nocturna y no es posible que esto me esté pasando, voy a enloquecer, alguien prendió la televisión, yo bajo por la escalera y siente, digo, siento como se me va acercando el sonido, ya parece que me toca, que me mete dedos por los ojos, ese sonido de interferencia,de shhhh, me dice "sh". Barras grises, de distintos tonos grises, no se ve nada además de eso, las imagenes parecen haber cedido el paso a los sonidos, y una gota y otra gota, y esa luz que tintineaba, titilaban, que desconocian, mis pupilas, las veia vibrar ante mí, y yo que quería tanto estar ahí en mi cama tirado, escuchando el sonido de mis pensamientos solamente, acosado, abusado, toqueteado por la insomnia, quise gritar, me agarré la cabeza, yo bajaba por la escalera y las rayas filtradas por las rejas de la ventana, subían, subían por mi cuerpo, esa luz azul apuntaban las líneas de mi frente, fruncidas. Y yo quise gritar.
Quise tanto gritar, quise tanto decir, estoy, estoy desesperado, quiero agua. El agua que está en mi cabeza.
Quiero.
Quiero hacer sentir a otros esto mismo.
Quiero ser terror.
Yo tiemblo y quiero ese escozor en tus venas.

Grito.
Quiero hacerte gritar.
(silencio)
Oscuro de nuevo.

sábado, 24 de mayo de 2008

Taza Dorada

[Abril de 2007]

Se me antoja una metáfora. Cómo a veces una comparación tan estúpida como el sol y una moneda de oro es capaz de convertir una imagen en un objeto tan cercano y frío a la piel, el sol convertido en monedas que tintinean entre los dedos, inexplicable. Pero no es el tema que preocupa en este momento. No hoy.
-
A ver, algo bien estúpido como las monedas y el sol. Supongamos que elijo una taza de porcelana. No una porcelana cualquiera, una vieja. Una porcelana que solía ser blanca y ahora es amarilla. Despreciablemente pequeña, lo único que esa taza podía inspirar era gracia. Tan chiquita, amarilla, frágil. Tonta. Una taza tonta.
Pero frágil. Y de porcelana, nena. No toqués con esos dedos con chocolate. Pegajosos. Lavate la manos, no seas roñosa. Nena tonta. 2 y 2 son 4 y esa taza no se toca.
Se cae y se rompe. Y si se rompe…
Y si se rompe. Nadie sabe para que está la taza en el estante más lindo, el estante que chupa su nombre: "ElestantedelaTaza". No toques.
La taza es vieja, es amarilla. Estúpidamente la taza no sirve de taza. No se le vio nunca asomar el vapor de un café, café, nena estás loca no ves que se tiñe la porcelana. Finísima. Anda a lavarte las manos. Tonta .Nena tonta. Taza tonta. Nena sucia. Taza sucia. Manos sucias. Anda a lavarte las manos.
-
La tía dormía, había terminado la novela de las dos, el rayo de sol le caía justo en los ojos, y balbuceaba palabras de ensueños indescifrables.
Mamá estaba en la calle. Siempre estaba en la calle, abría la puerta y cuando estaba apuntodecerrarla decía, siempre más rápido, "shavengo" así lo decía, rápido, apuradita para que no le entendamos.
-
Arrastré el banquito hasta el modular, hasta que golpeó suavecito contra el mueble. Suavecito como un suspiro corto. Me saqué las zapatillas embarradas para subirme y ya empecé a escuchar el ruido. Un ruido suavecito. Muy frío, muy metálico. Cuando ya estaba arriba lo escuché muy claro, el ruido metálico, armónico. Agarré la taza. La taza tonta. La nena tonta .La nena santa. La taza santa: Agarre la santa taza. La que nadie tocaba, ensuciaba, miraba. La agarré con los cinco dedos y el ruido metálico me golpeaba los oídos. El ruido de resplandor dorado. Y la tuve bien cerca. Tan cerca de mí como está cerca el dos del dos cuando dos y dos son cuatro. Y comprobé lo que siempre había pensado de la taza. Era una taza tonta. Taza fea. Nena fea. Nena dorada. Taza dorada. Las monedas cada vez más fuerte. Frías, metalosas, tintinearon. Monedas doradas. Nena de oro. Nena de sol. Nena sin sol.
Y todo negro. Como un pequeño suspiro.